Lo que la ciencia encontró sin buscar, a pesar de los sesgos y las expectativas.
La queja que valía millones
El minoxidil nació para tratar la hipertensión, pero un efecto adverso —el crecimiento de vello— lo convirtió en el primer fármaco aprobado para la alopecia, en un giro clínico imposible de planificar.
El litio y las cobayas tranquilas
En 1948, John Cade, un psiquiatra australiano que trabajaba en un hospital de veteranos de guerra, inyectó a cobayas con orina concentrada de pacientes maníacos. Para disolver el ácido úrico que quería estudiar, usó una sal de litio. Las cobayas se tranquilizaron. Había encontrado, sin saberlo, uno de los tratamientos más efectivos para el trastorno bipolar.
La pastilla que nadie quiso devolver
En 1992, Pfizer probaba un nuevo medicamento para la angina de pecho. Los ensayos clínicos mostraban efectos modestos sobre el corazón, pero los registros clínicos documentaban algo que el protocolo original no había contemplado. Esa señal se convirtió en uno de los medicamentos más exitosos y reconocibles del siglo XX.
El médico que se tomó la bacteria
En 1984, Barry Marshall se tomó un vaso con Helicobacter pylori para demostrar lo que la comunidad médica tardaba en aceptar: que la enfermedad gástrica podía tener origen infeccioso. Le dieron el Nobel veinte años después.